24.12.16

Villancico triste

I

Nunca el vacío se había extendido así ante mí,
con tanta plenitud, tan vacuo, tan vacío.
Nunca antes había sido tan real el miedo a la caída,
tan real la hipótesis de que tras el salto no habrá tierra.

El miedo es frío, es intemperie,
perder la noción del cuerpo sobre la historia, sobre tu vida.
Quién soy, y por qué me lo pregunto,
si sigo teniendo nombre,
si sigo teniendo voz.

II

Siempre hay quien escucha
al otro lado de la linea,
pero no era eso lo que buscaba mi llamada.

La voz es un instrumento incierto,
y el abrazo parece ya un arma tan lejana
que siento que la memoria es una herramienta obsoleta,
desfasada,
así como lo son ahora los ríos,
las llamaradas.

La voz también gime.
La voz nos dice a quién teme.
¿Ha llegado la hora de huir?

III

No puedo aplicar a mi rostro
todas las sonrisas que me rodean,
pero ojalá así fuera.

Yo solo buscaba ser como las demás
para poder colgarme del cuello medallas florales,
y sin embargo acabé perdiéndome
en mi propia inocencia,
errante en una frenética duda que se ensancha,
se prolonga,
sigue. Sigo.

Puedo visualizarme tendida bajo el sol,
allanado mi cuerpo ante una luz que rueda
de una extremidad a otra,
filtrándose tímidamente entre encajes que se ondulan
desde algún paraje inexistente.
Puedo sentirlo hasta que parece cierto,
hasta que siento como el viento trae consigo 
una caricia cálida y absorbente,
pero todo seguiría siendo mentira.

Mis pasos siguen tornándose azules 
más y más oscuros por cada día que pasa,
y yo sigo callada ante las preguntas de mi madre

con tan solo escribir estas palabras
me estremezco.

No sé a qué tierra podré arraigarme,
o si podré mirar a alguno de nuestros cielos.
Quiero olvidar cuál es la forma del vacío 
aunque sepa que tendré que enfrentarme a ello,
y adaptar mi cuerpo a sus formas
para poder dormir esas dos, tres, cuatro noches,
antes de que mis pasos vuelvan a encauzarse.

Hablo del futuro,
de próximos sucesos como si fueran a salir bien,
alargo esta tercera parte
pues no quiero llegar a la cuarta.

IV

Habrá duda
habrá que descomponer cada uno de mis trozos
para volver a alzarme la próxima mañana,
hablar no es llegar,
escribir no es enfrentar.

Según la hora se acerca
puedo sentir a la araña despertar,
desperezarse, estirar y contraer
sus largas patas,
es una visión repugnante,
aunque el miedo todo lo sobrepasa.

Siento antes de tiempo
como una negra mano se cierra la altura de mi pecho,
como el frío inunda cada pliegue de mi cuerpo,
y las extremidades se alargan hasta que no hay quien las sostenga
y hacia los lados caen, inútiles
enfermas.

Abro la boca, pero ya no hay lengua que sepa pronunciar,
ante la hora más feliz el contraste de mi cuerpo
se revela, en convulsiones.
De una u otra forma
la cuchilla ha vuelto a mi mano,
pero yo nunca fui a por ella
¿habrá alguien que me llame?
¿habrá miedo en mis impulsos?

Cierra los ojos.
Nunca pasó nada.

Por su propio peso, el instante cae hacia el abismo.
No sé si hay tierra.
Sé que ya no queda nada.

Otra prórroga 
ha sido concedida.